La naturaleza provoca fenómenos extremos; las decisiones humanas determinan que esos fenómenos se conviertan en catástrofes.
Igual que ocurrió con la Dana, en momentos tan duros como los que vivimos estos días, con incendios que arrasan vidas, hogares y patrimonio natural, lo primero es reconocer el trabajo de quienes arriesgan su vida para proteger la de los demás. Pero también recordar que una respuesta eficaz exige prevención, instituciones y servicios públicos capaces y bien dotados, además de la colaboración leal entre todas las administraciones, porque ante las catástrofes no debería haber colores políticos.
Sin embargo, pasada la primera emergencia, es inevitable comprobar cómo se repite un patrón de tragedias en tres actos: El mercadeo económico en origen, un mercadeo político y, lo que es aún más preocupante, un mercadeo de miseria moral.
Aristóteles afirmaba que el ser humano es un animal político. Todo lo que afecta a la convivencia tiene una dimensión política, porque implica establecer normas, asignar recursos y gestionar lo que es de todos. No hablo de la política “con minúscula”, basada en el cálculo electoral o la destrucción del adversario, sino de la política “con mayúsculas”: la que persigue el bienestar colectivo y el bien común.
Lejos de alimentar la polarización, quisiera transitar por el camino de la reflexión serena. Porque, detrás de cada catástrofe, hay un modelo social en el que unos obtienen beneficios y otros acaban soportando los costes.
Y conviene hacerse algunas preguntas incómodas: ¿quién obtiene beneficios antes de que ocurra? ¿Quién soporta las consecuencias cuando sucede? ¿Y quién asume realmente los costes?
El mercadeo económico. Quienes urbanizan en zonas inundables o promueven un modelo territorial que aumenta la vulnerabilidad rara vez asumen las consecuencias de sus decisiones. Los beneficios se privatizan y las pérdidas se socializan. Y, en ocasiones, incluso aparecen los que convierten la propia emergencia en una oportunidad para el negocio o corruptelas.
Existe también un mercadeo político. Las tragedias se convierten en armas arrojadizas para degastar al adversario, olvidando que el fuego o las inundaciones no distinguen entre votantes.
Mercadeo de la miseria moral. Quizá el más peligroso. Aprovecha la incertidumbre para difundir bulos, sembrar desconfianza y ofrecer respuestas simples a problemas complejos.
Por eso, se echa en falta algo cada vez más escaso: la decencia intelectual. La capacidad de aceptar la evidencia, aunque contradiga nuestras preferencias ideológicas. La honestidad de cambiar de opinión cuando los hechos lo exigen, de alcanzar acuerdos cuando el interés general debe situarse por encima del partidista.
Cuesta comprender que se usen algunos argumentos simplistas. Claro que el clima siempre ha cambiado. También existieron glaciaciones. Pero la ciencia nos permite distinguir entre los cambios naturales y la aceleración o inacción provocada por la actividad humana en las últimas décadas.
Resulta contradictorio hablar de incendios 6.0 o de sexta generación (los que son capaces de alterar incluso la meteorología de su entorno) y negar el contexto climático que favorece su aparición.
No se trata de ideología. Se trata de evidencia. Y, sobre todo, de responsabilidad hacia quienes vendrán después de nosotros.
Los fenómenos extremos son naturales; que acaben convirtiéndose en catástrofes depende, en gran medida, de decisiones humanas. Por eso, muchas de sus consecuencias pueden reducirse con prevención, conocimiento científico para comprender mejor la realidad, instituciones públicas capaces de responder con eficacia y, sobre todo, honestidad intelectual para reconocer la evidencia y aprender de lo sucedido.
Porque muchas de las peores consecuencias de una catástrofe no las provoca la naturaleza, sino nuestra incapacidad para aprender de lo que ya sabemos.
