Una terraza ocupa toda la acera. En pocos minutos, un chat vecinal se divide entre quienes cuestionan la legalidad de la ocupación y quienes defienden el derecho del hostelero a trabajar. Casi nadie habla del Ayuntamiento, responsable de conceder la licencia y hacer cumplir la normativa. Ese pequeño episodio resume un fenómeno cada vez más frecuente: discutimos entre nosotros mientras el foco deja de estar en quien tiene la responsabilidad de hacer cumplir las normas. Lo mismo sucede con el ruido cuando hay que compatibilizar el ocio y el negocio con el derecho al descanso.
Vivimos en una sociedad cada vez más compleja en la que los intereses particulares, los algoritmos, las estrategias de comunicación y determinados relatos económicos o políticos moldean nuestra percepción de la realidad hasta hacernos asumir como propios, o justificar, intereses que no siempre responden al bien común.
Este proceso se corresponde con un modelo social que ha desarrollado la lógica individualista, situando el beneficio particular por encima del bienestar colectivo y el interés común. El resultado es un debate que deja de centrarse en las normas que garantizan la convivencia para convertirse en un enfrentamiento entre intereses, opiniones o modelos de sociedad contrapuestos.
Nada de esto es casual. Durante décadas, laboratorios de ideas (think tanks), departamentos de comunicación y grandes intereses económicos han construido relatos capaces de influir en la opinión pública, reinterpretando conceptos como “libertad”, “progreso” o “derechos” para ponerlos al servicio de intereses económicos y políticos concretos.
El mecanismo es siempre el mismo. Cambian los protagonistas y la escala del conflicto, pero no la lógica: el debate acaba girando en torno a intereses particulares mientras desaparece del foco quien tiene la responsabilidad de arbitrar, regular y garantizar el interés general.
La historia ofrece numerosos ejemplos. Edward Bernays (precursor del marketing moderno) vinculó el tabaco con la emancipación femenina al bautizar los cigarrillos como «antorchas de la libertad». Hoy, sectores ligados a los combustibles fósiles presentan determinadas políticas climáticas como una amenaza para la libertad o el bienestar económico.
Algo parecido ocurre cuando se identifica el crecimiento de más turistas y más construcción con prosperidad, y se presenta como enemigo del progreso a quien defiende un modelo más sostenible.
Sin embargo, esa visión, lejos de beneficiar a pequeños empresarios y a la población, termina encareciendo la vivienda, saturando infraestructuras y deteriorando el entorno natural del que depende la propia actividad turística. Es la conocida metáfora de matar la gallina de los huevos de oro. Greenpeace alerta de que la expansión urbanística, la erosión y el cambio climático ya amenazan espacios como Cabo de Gata.
No se trata de negar la legitimidad de los intereses particulares o de las diferentes opiniones, sino de recordar que no pueden sustituir el debate sobre el interés general ni las responsabilidades públicas.
Una democracia sana no consiste en eliminar los conflictos de intereses o de opinión, inevitables en una sociedad plural, sino en disponer de instituciones capaces de arbitrarlos conforme a normas comunes y al interés general.
Cuando el interés particular desplaza sistemáticamente al interés general, quienes terminan perdiendo son los bienes que compartimos: el espacio público, los servicios públicos, el patrimonio natural y, en última instancia, la convivencia democrática.
Es entonces cuando prospera la polarización. Dejamos de buscar puntos de encuentro para instalarnos en bandos enfrentados, normalizamos el incumplimiento de las normas, los privilegios de unos sobre los derechos de otros y acabamos aceptando como inevitable la ley del más fuerte.
Las normas comunes no limitan la libertad; la hacen posible. Son las que protegen los derechos de todos y permiten exigir responsabilidades a quienes ejercen funciones públicas.
Solo recuperando ese interés general y el bien común podremos alcanzar acuerdos duraderos que garanticen una vida digna con servicios públicos de calidad (como la sanidad y la educación pública), que protejan nuestro patrimonio natural y que permitan afrontar retos como el acceso a la vivienda o el cambio climático desde el conocimiento científico y no desde la confrontación o el negacionismo.
Quizá el mayor éxito de esos marcos mentales inoculados consista precisamente en eso: conseguir que discutamos entre nosotros mientras dejamos de exigir responsabilidades a quienes provocan los problemas o a quienes tienen la obligación de prevenirlos, resolverlos y proteger el interés general. Y, al mismo tiempo, que los pequeños egoísmos cotidianos terminen legitimando la concentración de riqueza cada vez más desproporcionada y el aumento de las desigualdades que genera un modelo económico extractivo.
José Vidal
