Acostumbra la portavoz socialista en el Ayuntamiento de Níjar, Esperanza Pérez, a publicar en redes sociales como única protagonista pequeñas piezas de video en plan oposición municipal. En su última aparición estelar la edil hace el papel de una especie de inspectora de la Sociedad General de Autores de España (SGAE) que fiscaliza por qué, en su opinión, las cotizaciones de las mismas orquestas, solistas, bandas o charangas que actúan en Níjar y sus pedanías son más elevadas que en otros pueblos.
Con su actuación videográfica, Pérez siembra dudas sobre el caché pagado por la Corporación municipal nijareña por estas actuaciones, sin señalar ni una sola banda o musico que sustente sus sospechas. Una denuncia sin pruebas concluyentes acerca de unas participaciones musicales donde convergen numerosos factores que hacen subir o bajar el precio de los artistas: número de músicos, duración, fechas, desplazamiento, equipo técnico y, principalmente, la negociación del representante de los músicos que resulta decisiva a la hora de establecer los honorarios definitivos del ejecutante.
En democracia, la oposición tiene una función imprescindible: controlar al Gobierno, fiscalizar sus decisiones y señalar posibles abusos de poder. En efecto. Sin embargo, esa labor pierde fuerza cuando la denuncia política se convierte en una herramienta habitual sin pruebas concluyentes que la respalden como en este caso. Acusar es fácil; demostrar es mucho más exigente.
Cuando un partido de la oposición lanza sospechas contra la actuación de un gobierno sin aportar evidencias sólidas, puede conseguir titulares, ruido mediático y desgaste a corto plazo. Pero una cosa es pedir transparencia y otra muy distinta presentar como certezas lo que todavía son hipótesis, rumores o lecturas sin fundamento.
La crítica política es saludable cuando se apoya en datos, documentos y argumentos pero, señora Pérez, se vuelve corrosiva cuando se alimenta únicamente de sospechas e interpretaciones interesadas. La diferencia entre fiscalizar y embarrar el terreno político está precisamente en el respeto a los hechos y, llegado el caso, los partidos políticos todavía tienen un déficit considerable.
