OPINIÓN DE PEPE VIDAL. Aunque no sea un fenómeno nuevo, vivimos tiempos en los que el valor de las palabras está dejando de ser un instrumento para entendernos y se utiliza para construir percepciones de la realidad desde la confrontación.
Libertad, justicia, solidaridad, respeto, democracia, derechos humanos, igualdad o patriotismo forman parte de nuestro patrimonio común. Durante mucho tiempo expresaron aspiraciones compartidas y ayudaron a tender puentes para construir sociedades más fuertes y mejores. Hoy, algunas están siendo vaciadas de contenido, resignificadas o utilizadas de manera interesada hasta convertirse en armas de confrontación.
Ya no parece importar tanto explicar la realidad, buscar la verdad o encontrar lo que pueda ser bueno para todos, como imponer un relato y conseguir adhesiones para obtener una rentabilidad económica, política o ideológica. La razón y los argumentos pierden terreno frente al marketing, la emoción, el miedo, la indignación y la rabia.
La complejidad tampoco parece tener espacio. Problemas que requieren conocimiento, tiempo y soluciones matizadas se reducen a consignas capaces de provocar una reacción inmediata: ¡nos invaden!, ¡nos roban!, ¡nos amenazan!, ¡nos quieren quitar lo nuestro! ¡traidores!
El problema migratorio es un buen ejemplo. Una realidad compleja, con dimensiones económicas, sociales, humanitarias, demográficas y de seguridad, queda reducida a mensajes destinados a despertar temor y alentar el malestar. La ley y la humanidad quedan relegadas y el malestar acaba convertido en ira.
Lo mismo sucede con otros conceptos fundamentales. La libertad puede convertirse en el derecho a hacer lo que uno quiera sin límites ni responsabilidades. La solidaridad, en una concesión hacia quien no pertenece a “los nuestros”. El patriotismo, en la sospecha de que quien discrepa ama menos a su país. La justicia, en aquello que beneficia a unos y perjudica a otros. Y el respeto deja paso a la violencia verbal, el insulto o el odio, incluso cuando se disfraza de ironía o metáfora como “me gusta la fruta”.
Cuando una palabra conserva su prestigio, pero pierde su significado, puede utilizarse para justificar casi cualquier cosa.
Las redes sociales, los algoritmos y la velocidad de la comunicación amplifican el problema. La información compite con la desinformación y la reflexión con la inmediatez. No siempre gana lo verdadero, sino aquello que consigue más atención.
La repetición hace el resto: una falsedad, un insulto o un discurso incendiario puede terminar normalizando aquello que, no hace mucho, nos habría parecido moralmente inaceptable. Poco a poco se desplaza el límite de lo que consideramos normal y aceptable. Es, en buena medida, el mecanismo de la llamada ventana de Overton.
El resultado es algo más profundo que un debate público cada vez más bronco: la pérdida de un lenguaje común dificulta entendernos, alcanzar acuerdos y erosiona la confianza en las instituciones democráticas. Si las mismas palabras significan cosas diferentes según quién las pronuncie, si la discrepancia convierte al otro en enemigo y toda discusión se plantea como una batalla que alguien debe ganar, la convivencia se debilita.
Por eso quizá debamos recuperar algo tan sencillo y al mismo tiempo, tan importante como el significado de las palabras, la tolerancia y el entendimiento al servicio del bien común.
La libertad también implica responsabilidad. La justicia exige reglas que podamos aceptar para todos. La solidaridad supone reconocer al otro. El patriotismo no necesita enemigos. Y la democracia no consiste únicamente en ganar elecciones, sino también en respetar al que piensa diferente y aceptar unas reglas comunes de convivencia.
No se trata de dejar de discrepar ni de negar los problemas, que los hay y cada vez son más complejos. Se trata de volver a discutir sobre la realidad y no sobre relatos fabricados para manipularla; de buscar acuerdos mediante un diálogo honesto; de sustituir la reacción por la reflexión; y la confrontación por la búsqueda de soluciones a los desafíos que compartimos.
Porque cuando las palabras dejan de servir para comprendernos, dejan también de ser un instrumento de convivencia. Recuperar su significado puede ser una de las formas más necesarias de empezar a entendernos de nuevo, en lugar de seguir cavando trincheras y alentar experimentos peligrosos que, como demuestra la historia, nunca han traído nada bueno.
Pepe Vidal
