​El reciente resultado electoral en el estado alemán de Sajonia-Anhalt, donde la formación de extrema derecha AfD ha alcanzado el 43,8% de los votos, confirma una tendencia preocupante en todo el continente: la derecha radical ha dejado de ser un fenómeno marginal para consolidarse como un factor de poder determinante. El supuesto «rostro burgués» con el que se presentan algunos sectores apenas logra ocultar una paulatina aproximación a posiciones fascistas. En Alemania, figuras destacadas de la AfD defienden abiertamente ideologías de extrema derecha, desplazando progresivamente el clima político hacia la radicalización. 

​Esta consolidación de la extrema derecha sigue patrones similares en toda Europa. En España se observa la misma dinámica: el bloque conservador y de extrema derecha instrumentaliza la reciente crisis de Ceuta para presionar y tratar de derribar al Gobierno de Pedro Sánchez. Al mismo tiempo, la derecha española no muestra reparo en alinearse con organizaciones cercanas al ideario franquista. La progresiva normalización e integración de estas posturas busca movilizar al propio electorado y ensanchar los límites de lo aceptable en el debate público. En qué medida este clima de protesta constante tendrá éxito y se utilizará para derrocar al presidente del Gobierno se verá en las elecciones del próximo año.

​Al mismo tiempo, la situación de la jefatura de Gobierno en Berlín se vuelve cada vez más insostenible. Tras el varapalo en Sajonia-Anhalt, en breve se celebrarán otras dos elecciones regionales en las que se prevé que la AfD siga aumentando su porcentaje de votos. El margen de maniobra política del Ejecutivo alemán se reduce a un ritmo acelerado. 

​Ya sea en Madrid o en Berlín, lo que está ocurriendo no es una suma de casualidades, sino una normalización calculada de los discursos de extrema derecha. La derecha radical europea aprovecha tanto las crisis reales como las construidas para erosionar sistemáticamente la confianza en las instituciones democráticas.