Suelo coger un autobús de línea para volver a casa después del trabajo, y suelo quedarme de pie en uno de sus laterales. De hecho, se me ha ocurrido este artículo en uno de estos recovecos.

Me gusta observar desde ahí el comportamiento de la gente. Dime cómo te comportas en un autobús y te diré quién eres.

A mi izquierda, unos usuarios han entrado serios pasando su tarjeta por la máquina y continúan silenciosos buscando donde situarse. No saludan ni sonríen. El conductor no existe para ellos.

A mi vera, una anciana se tambalea con cada frenazo. El asiento reservado para ella está ocupado por una joven que no para de mirar su móvil. Cruzamos miradas, sugiriéndole un alivio para la pobre mujer. Ni se inmuta.

Al fondo, donde siempre se sientan los malotes en edad escolar, un par de chavales comen pipas mientras ríen. 

No hace falta dirigir mi mirada al suelo. Para ellos no existe.

Llega mi parada, y salgo del autobús convencido de que eres según te comportas en un autobús, en un ascensor, en una mesa o incluso por whatsapp.

Y pienso, ¿acaso he sido yo el que no se ha levantado alguna vez o no le ha dicho buenos días al conductor?