Que haya exceso en el ocio juvenil no es nada nuevo, pero lo ocurrido en las recientes fiestas patronales de San José-Níjar indica que nos encontramos ante un fenómeno complejo que no sabemos como abordar, y menos con las pláticas del alcalde de la localidad, José Francisco Garrido, en medios y redes sociales.
La concentración espontanea de cientos de jóvenes atraídos por la celebración de estas fiestas en lugares públicos que no están diseñados para grandes multitudes y que atraen a grupos incontrolados no hacen más que provocar actos de vandalismo y pillaje. Una circunstancia que se repite en el resto de pedanías de la Villa de Níjar: mobiliario urbano destrozado, servicio de bicicletas despedazados, botellones en cualquier parte, orines y deposiciones por doquier, basuras desperdigadas… y lo más grave en esta ocasión: la denuncia ante la Guardia Civil por una presunta agresión sexual a una menor de 13 años en el entorno del recinto ferial de San José.
Individuos que continúan la fiesta con impunidad y transforman los espacios comunes en escenarios de suciedad, destrozos, y falta de respeto ante la inacción municipal que terminan pagando los vecinos con sus impuestos y desvelos, los servicios de limpieza con jornadas interminables y el municipio con una imagen deteriorada.
Las fiestas de San José, en efecto, deben seguir siendo motivo de alegría pero también de responsabilidad. Una efeméride que puede realizarse gracias a las personas que sostienen la convivencia de su celebración, y cuyo esfuerzo no debería verse empañado por una minoría incívica que se comporta como si la pedanía de San José fuese un decorado desechable y sus vecinos un atrezo de la tramoya.
Criticar el vandalismo y las acciones impropias no es estar en contra del entretenimiento; es defender una forma de celebrar más madura, responsable y digna. La diversión, en definitiva, no puede construirse sobre el deterioro de lo público, ni tampoco sobre el menoscabo del descanso de quienes viven cerca de las zonas de celebración.
