El reciente viaje del ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, a Berlín para reunirse con su homólogo alemán, Johann Wadephul, ha sido mucho más que una simple visita de cortesía. En los pasillos de la diplomacia europea se respira una urgencia evidente: la necesidad de calmar las aguas y, sobre todo, de unificar criterios ante la impredecible sombra de Donald Trump.
A primera vista, las posturas de ambos países parecían distantes. Mientras Madrid busca una Europa más autónoma y cohesionada ante los envites comerciales de Washington, la nueva línea de Berlín se había mostrado inicialmente más pragmática y fría.
Sin embargo, algo está cambiando en la cancillería alemana. Las recientes declaraciones del canciller Friedrich Merz reflejan un giro de tuerca y un escepticismo creciente hacia la política estadounidense. Merz no solo ha cuestionado abiertamente si Washington tiene una estrategia de salida clara para el conflicto en Irán, sino que la semana pasada, durante el Katholikentag (el Día de los Católicos), dejó una frase demoledora: afirmó que, tal y como están las cosas, no recomendaría a sus propias hijas viajar a los Estados Unidos.
Este clima de desconfianza compartida abre una ventana de oportunidad única para España. El encuentro entre Albares y Wadephul en Berlín no ha sido solo para limar asperezas, sino un intento estratégico de la diplomacia española para convencer a Alemania de adoptar una postura mucho más firme y crítica frente a los arrebatos de Trump.
Europa no puede permitirse el lujo de mostrar fisuras. La aproximación de Berlín a las tesis españolas demuestra que, cuando el río suena, agua lleva. Frente al gigante americano, la única defensa de la Unión Europea es hablar con una sola voz. Esperemos que este encuentro sea el primer paso para lograrlo.
