Cinco minutos duró la ovación a Els Joglars el domingo pasado en el Teatro Auditorio de El Ejido, cuando finalizó El retablo de las maravillas. Cinco.

Algunos menos de los que recibió en Cannes La bola negra de los Javis, pero seguro que igual de intensos. Puro teatro, como cantaba La Lupe.

Partiendo de un entremés de Cervantes y trasladándolo a situaciones actuales, la compañía catalana satiriza con maestría sobre la hipocresía social, la vanidad y el miedo a quedar en evidencia por no perder el estatus. Y, sobre todo, habla del pícaro español. De ese que, por mucho que hayamos leído en las novelas del Siglo de Oro, sigue vivito y coleando en nuestros días.

Cinco minutos. El tiempo que tardan los antiguos y modernos pícaros de esta obra en engatusar a sus predecibles presas.

Aquí arramblan con todo: políticos, curas, chefs de alta cocina, creadores de arte contemporáneo… Figuras que, seamos sinceros, a menudo se ponen la diana de la sátira ellas solas.

Al terminar la farsa, volví a encontrarme con los actores, sentados en un bar frente al auditorio.

—Enhorabuena. Maravilloso, como el retablo —les dije sonriendo.

Ellos me devolvieron la sonrisa, cansados pero agradecidos. Al mirarlos allí, despojados de sus disfraces y compartiendo una cerveza como cualquiera de nosotros, caí en la cuenta: la verdadera maravilla del retablo de Els Joglars no es lo que ocurre sobre las tablas. Es que, al salir del teatro, miras a tu alrededor y te das cuenta de que el mundo exterior sigue siendo el mismo escenario de pícaros y farsantes. Solo que abajo, nadie aplaude.