Camino pensativo y cabizbajo por la acera, acordándome de una noticia de estos días. Un loco hijodep… ha matado a sus padres y herido a su bebé. He leído que sufre de esquizofrenia y tiene 25 años.
Cierro los ojos pensando que, seguramente su locura lo dejará inimputable, y no irá a prisión. Aún sin abrirlos, noto algo bajo mi pie que hace que resbale sobre la superficie.
Un nuevo loco hijodep… no ha retirado las cacas de su perrito, y se han fusionado en un abrazo con la suela de mi zapato. He supuesto que sufre de abulia y puede tener cualquier edad. Limpio la suela y vuelvo a cerrar mis ojos, pensando que su locura no recibirá ninguna multa por falta de efectivos.
Continúo caminando…
Una chica joven ha cruzado el semáforo en rojo mirando su móvil. Casi la pilla una moto, que a su vez le ha pitado al pasar a su lado. Ella se ha vuelto, le ha hecho un corte de mangas e increpado. Me detengo un segundo y la observo. Ella nota mi mirada y me fulmina con ojos de loca:
—¿Qué coño miras?
Sigo mi camino. Y entonces lo entiendo.
Torcuato Luca de Tena se preguntaba en su novela quiénes somos los locos en realidad. Hoy la respuesta es más sencilla: el loco soy yo. El que todavía se sorprende. El que todavía mira. El que todavía espera, absurdamente, un mínimo de conciencia en un mundo que ya ha decidido que todo da igual.
