Historia y cocina que bien me saben.

Este pasado puente se nos ocurrió, allá por finales de agosto, ir a visitar el pueblo soriano de El Burgo de Osma, y el riojano de Ezcaray, cuna de un antepasado familiar muy querido.

El transporte, esa barrera que pone a los almerienses fuera de órbita y complica bastante las expectativas culturales, debido a la falta de oferta y a la poca que hay a precio estratosférico, nos forzaba a barajar y estudiar  muchas opciones. Al final salimos por Granada en avión hacia Madrid, sumando después un coche de alquiler.

La primera parada, El Burgo de Osma, donde recomiendo ver la catedral y  la ermita de San Bartolome, muestra de la gloria templaria y en pleno Cañon del Rio Lobos.

El almuerzo fue en Los Girasoles, un local sencillo, impecable y acogedor con un servicio atentísimo. Ensalada mixta y de pollo escabechado, lechazo y cochinillo acompañados del vino de la casa, y de postre, tarta y flan de cuajada. Un acierto.

Al día siguiente, Ezcaray. Encontré poca información turística, así que fue una gran sorpresa ver lo bonito y cuidado que está este pueblo, de estilo vasco. Comimos en el Echaurren, donde Marisa Paniego nos atendió con gran amabilidad y simpatía (además, tenemos un amigo en común). Maravilloso el lugar y su historia, así como la atención. Disfrutamos de una excelente comida: sus famosas croquetas, morcilla a la plancha y albóndigas, y sus clásicos guisos de cuchara: caparrones y pochas con condorniz. Rematamos el día con un delicioso coulant de chocolate de postre.

Buen fin de semana en tierras vitivinícolas.