Basta con caminar por cualquier calle para verlo y las de San José, como también las de los barrios aledaños de Níjar, no son una excepción. Árboles, farolas, papeleras, señales y escaparates vacíos se han convertido en tablones de anuncios improvisados donde se anuncian la desaparición de perros y gatos, clases particulares, conciertos- muchos conciertos- paseos por la bahía, fiestas que ya pasaron… carteles, en definitiva, que luego nadie retira, convirtiendo estos espacios en lamentables lugares donde se concentra la suciedad, el descuido y el abandono.
El papel se rompe, la meteorología los deshace, quedando después una costra infame de pegamento, cinta adhesiva, grapas y clavos que se acumulan capa sobre capa para luego acabar en aceras y alcantarillados. No es un asunto menor. Los clavos y grapas hieren los árboles, los adhesivos estropean el mobiliario urbano y las fachadas, y la suciedad llama a la suciedad, una limpieza que acaba pagando el vecindario. Donde hay un cartel viejo, pronto aparecerán más encima, pues aunque las ordenanzas municipales suelen prohibir pegar carteles fuera de los lugares autorizados, casi nunca se aplican y el que anuncia actúa con la tranquilidad e impunidad de saber que no pasa nada.
Las soluciones no son complicadas. Hacen falta más paneles de anuncios gratuitos y bien mantenidos- como ya hace alguna empresa con su publicidad particular- para que nadie tenga excusa. Tampoco olvidarse de retirar los carteles una vez pasado el evento o sancionar al anunciante en caso contrario, pues su localización resulta fácil al estar su nombre, teléfono o domicilio en el propio cartel.
Clavar grapas o pegar en un árbol debería estar expresamente prohibido, también en otros soportes. Nadie discute el derecho a dar a conocer un concierto o buscar un inquilino, lo que no es aceptable es hacerlo a costa del espacio de todos y desentenderse después. Anunciar, sí; ensuciar, no.
