En lingüística, cuando un nombre propio pasa a usarse gramaticalmente como un sustantivo común, se denomina eponimia.

Si ese uso consiste en emplear el nombre propio de una persona para definir a alguien que comparte sus mismas características o ciertos estereotipos asociados, la figura retórica se denomina antonomasia.

A los españoles siempre nos ha divertido la sátira y la burla (Quevedo y Jardiel Poncela, como máximos exponentes literarios de su época, fueron capaces de ridiculizar todo lo que se les ponía por delante).

Uno de esos divertimentos españoles, sobre todo desde finales del siglo XX, ha sido el de encasillar al prójimo en un colectivo con objeto de vulgarizarlo. El individuo deja de ser una persona para convertirse en objeto de mofa por pertenecer a un grupo que piensa, vive o viste como él.

El auge de las redes sociales en el siglo XXI ha acelerado este proceso exponencialmente. Lo que antes quedaba en un poema o en una viñeta, hoy es un mecanismo que premia el linchamiento y reduce la complejidad de una vida al espacio de una etiqueta.

La antonomasia moderna nos permite entender ideas complejas de forma rápida: el hecho de clasificar a alguien como charo, cayetano o maricarmen ya no necesita de que sus argumentos sean escuchados. Reducir ese marco conceptual ahorra un esfuerzo intelectual.

Es la teoría de Darwin a la inversa. La burla de ese primate que una vez tuvo inteligencia.