Salgo de la Sala Principal de Clasijazz después de presenciar un cortometraje de los genios Buñuel y Dalí, al que los maestros almerienses Cidrón y López han puesto música en directo. Un pequeño lujo para los pocos a los que nos siguen atrayendo este tipo de verbenas.

El título que inventaron para este metraje hace ya casi cien años, ideado por este par de jóvenes creadores que apenas rozaban la treintena, hacía referencia, en tono despectivo, a los intelectuales de la época procedentes del sur de nuestro país. Entre ellos, al mismísimo García Lorca. Ahí es nada.

Volviendo a la proyección, el surrealismo manifiesto en la pantalla se me queda pegado a la cabeza de camino a casa.

—Después de haberla visto de nuevo, sigo sin enterarme de nada —pienso con sonrisa incrédula.

Y es que, bien mirado, quizá ahí resida el verdadero triunfo de aquel perro andaluz que tanto escoció al escritor granadino. En una época donde todo exige una explicación inmediata, un algoritmo que lo justifique y un titular masticado para el consumo rápido, que algo te vuele la cabeza sin pedirte permiso ni darte respuestas es un acto de rebeldía pura.

Mientras continúo mi camino, me cruzo con las pantallas de los móviles iluminando los rostros de los viandantes. Consumo frenético, lógica implacable, videos de quince segundos. Menudo contraste. Aquellos dos postadolescentes de 1929 no querían que los entendiéramos. Querían incomodarnos, hurgar en el subconsciente con una cuchilla de afeitar y obligarnos a mirar de frente al sinsentido.

Al final, los pocos que llenábamos la Sala Principal de Clasijazz salimos bendecidos por una hermosa paradoja: ha tenido que venir el surrealismo de hace un siglo a recordarnos lo absurdamente cuerda, predecible y aburrida que se está quedando nuestra rutina.

Larga vida a los perros andaluces, a los psicodélicos y a los que se atreven a musicar este caos.