Las dos últimas palabras del encabezado de este artículo hubiesen llamado más la atención si las hubiese escrito juntas formando una sola palabra. Y hubiese tenido más razón que un santo, porque hay que estar loco para tener ganas de estudiar una carrera de ingeniería. Sobre todo en los tiempos que corren. Las he querido separar porque estos «locos en potencia» son capaces de fabricar en su mollera lo que su ingenio les permita.
Si seguimos jugando con el léxico y cambiamos una vocal de la última palabra, la ingeniería de montes sale a la palestra. Una disciplina nacida en Alemania a finales del siglo XVIII cuyos profesionales se dedican a hacer en el medio ambiente lo mismo que un facultativo en nuestro cuerpo: prevenir, sanar, tratar y recuperar.
Aplican sus conocimientos al medio para que nuestras mentes, al entrar en contacto con él, nos hagan salir de nuestra vida cotidiana. Son los bohemios de la ciencia aplicada. Ingenieros de montes, de mentes y dementes.
Como reseña su histórico lema: «Saber es hacer».
