En un mundo de panarras, retrecheros y candayas, palabros pronunciados por uno de los rapsodas, recitar poesía un domingo por la tarde en pleno verano en la ciudad de Almería, muy cerca de la casa del poeta Valente, lo considero un acto de valentía.
Si además, la velada es con entrada inversa, todo apela a la heroicidad.
“Esta noche tengo un poema en la punta de la boca”, desvela el primero de estos cid campeadores, micrófono en mano, enfatizando las ultimas palabras de sus versos.
Lo que nos presenta luego, suena punkie y algo macarra. Buena forma de ir rompiendo el hielo.
Su compañero de tablas inicia después su lectura cantando un tango, y aplaudo por dentro porque me parece un inicio brillante. Pero se queda a medias. No quiere terminar y nos engaña diciendo que no se acuerda del resto. Un genial tango inconcluso. La vida en un trago. El maestro Gardel y Le Pera.
Los que me han hecho disfrutar esta calurosa “tarde de perros” se apellidan Labordeta y Guirado. Los mismos apellidos (el último con una consonante de más) de dos ilustres diputados nacionales que llevaron la cultura como estandarte.
“Qué sería de nosotros sin el Gusano Loco”, recita el primero. Esa maquina de la feria que da vueltas y vueltas.
Y es que, si lo analizamos bien, la poesía de un domingo por la tarde no deja de ser eso: un artefacto verbenero que nos sacude, nos marea y luego nos devuelve a la realidad.
En estos tiempos en los que se prefiere el silencio cómodo de los domingos de sofá, Labordeta y Guirado nos recuerdan que todavía quedan feriantes dispuestos a encender la máquina. Bravo por ellos.
Aunque el tango quede inconcluso, aunque la vida se nos vaya en un trago, que no pare la música. Que ese Gusano Loco sigue girando.
