Toda sociedad más o menos decente necesita una capa cultural que nazca desde abajo: desde los barrios, las asociaciones de vecinos, los grupos de amigos y los locos que se ponen a hacer cosas sin pedir permiso. A eso le llamamos cultura de base.
Esto no viene a sustituir a los teatros, los festivales millonarios ni a la industria cultural. Pero sí puede enriquecer el panorama y, sobre todo, hacer que la cultura deje de ser algo que “se consume” y pase a ser algo que se vive.
Lo que define a estos proyectos es que suelen ser autogestionados, es decir, los propios implicados los sacan adelante como pueden. Fomentan que la gente no solo sea público, sino que cree y en definitiva, crea.
Suelen tener una identidad muy ligada al lugar y a la gente que los habita: un centro social en el barrio de Pescadería, una asociación cultural en Níjar, un grupo de teatro aficionado en un pueblo del Poniente o una sala de conciertos montada en una nave industrial.
Lo bueno es evidente: generan comunidad, son flexibles, baratos y suelen tener una autenticidad que muchas veces falta en las programaciones institucionales. Cuando funcionan bien, crean experiencias de verdad. Pero también tiene una cara oscura que casi nadie quiere contar.
La precariedad de lo que sustentan es brutal. La mayoría de los miembros acaban quemados después de unos años. Muchos de estos proyectos sobreviven a base de financiación ajena, lo cual es paradójico porque supuestamente son “autogestionados”. Hay además un riesgo real de endogamia: acaban los mismos de siempre que siguen apostando voluntariamente.
Una buena cultura de base no es aquella donde “todo vale porque es participativo”. Es la que consigue combinar el alma comunitaria con exigencia. No hace falta ser profesional pagado, pero sí hay que exigir cierto nivel. Nadie va a volver a un concierto donde tocan mal “pero con buenas vibraciones” más de una vez. Ni allá donde se haya ofrecido una exposición de bajo nivel.
Ejemplos tenemos de sobra en nuestra provincia. Los que continúan en pie, siguen manteniendo esa identidad que les caracteriza. Otros, en cambio, murieron por agotamiento o falta de medios.
Al final, la clave no está en rechazar la profesionalización, sino en encontrar un punto intermedio inteligente: gente apasionada que se exige a sí misma, pero sin caer en la trampa de convertirse en una miniempresa cultural más.
